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La gran capital indígena de los tiempos prehispánicos en la costa del Golfo, El Tajín, se ubica en las cercanías de la pintoresca ciudad de Papantla; su nombre en lengua totonaca sintetiza la fuerza y el poder de la tormenta tropical que humedece todo, el territorio costeño, y al que los aborígenes de las Antillas llamaron huracán.

El acceso al sitio es por la carretera federal número 130. De Poza Rica, Veracruz, se toma la carretera estatal que va a San Andrés. En Poza Rica existen señalamientos que indican el camino hacia la zona arqueológica.

es una palabra de origen totonaca y significa “trueno”; no es posible afirmar que este fuera su nombre original ni tampoco que los ancestros de quienes viven actualmente en la región hubieran sido los constructores de la antigua ciudad prehispánica. Sin embargo, la permanencia de este grupo étnico en las ruinas durante siglos ha originado una relación sico-social y cultural con el sitio arqueológico que difícilmente puede negarse.

Su descubrimiento y la historia de sus excavaciones se envuelven en el embrujo de la casualidad y del amor por el pasado de Veracruz. Por mucho tiempo El Tajín se mantuvo oculto a los ojos de los europeos, que insensibles ante la belleza autóctona, en los siglos XVI y XVII destruyeron la mayoría de los antiguos testimonios precolombinos, pero hacia el siglo XVIII un inspector del tabaco da noticia de su existencia y a partir de entonces el lugar ha sido motivo de asombro y de un cuidadoso trabajo de exploración y restauración.

La arquitectura de El Tajín se distingue por el hábil manejo de un elemento arquitectónico conocido como nicho que se encuentra dispuesto de muchas maneras en los edificios de la zona. Los nichos pueden ser de múltiples formas: cuadrados o rectangulares, pequeños o grandes y con o sin xicalcoliuhquis (atributo a Quetzalcóatl).


La antigua ciudad de El Tajín se desarrolló a fines del Horizonte Clásico, y llegó a su apogeo en la transición al Posclásico, o sea entre 800 y 1150 d. C. El Tajín se sostenía económicamente con el tributo que los pueblos circunvecinos pagaron en productos y servicios.

La ciudad administraba las relaciones políticas y religiosas que en esa época no estaban separadas. Por ello, la figura política de 13 conejo era también la encarnación de Quetzalcóatl, dios principal de El Tajín, cuya representación figurativa y simbólica es repetitiva en la arquitectura, la pintura y escultura del siglo.

Otros segmentos de la población, aparte de los de la clase dominante y campesina, fueron el de los artesanos y el de los que se dedicaron al comercio en áreas especiales de intercambio –como fueron los mercados– o transportando mercancías.

La escultura y pintura se asocian a la arquitectura en diferentes tipos de edificios. De la escultura destacan los relieves procedentes de los juegos de Pelota Sur y Central, de los frisos de la pirámide de los Nichos y de las columnas del Templo de las Columnas. Algunos están todavía en su sitio, otros en el museo a la entrada de la zona arqueológica.

En esos relieves se relatan episodios del ritual del juego de la pelota o acontecimientos históricos como en los del Templo de las Columnas. Las pinturas murales son escasas y muy fragmentadas, pero en ellas se aprecia una técnica depurada en la policromía y en el dibujo.

Quien llega hoy a tan imponente zona arqueológica, no obstante la modernidad del acceso -que cuenta con un elegante museo de trazos contemporáneos-, siente una viva emoción por hallarse en aquel sitio misterioso, donde el ambiente tropical, los olores de plantas exóticas como la vainilla, y la llamativa indumentaria de los campesinos totonacos que viven en la periferia impactan nuestros sentidos, tal como lo plasmó Diego Rivera en uno de los murales del Palacio Nacional en la ciudad de México, donde se observa el arribo de una embajada de comerciantes y diplomáticos del altiplano central mexicano a la capital costeña; con ojos anhelantes de mirarlo todo, se mostraba ante ellos la peculiar arquitectura de nichos y grecas; se desarrollaba la danza de los voladores que descendían rítmicamente de un alto madero del cual colgaban amarrados de los pies, y muy particularmente, se les presentaban frutos, flores y muchos otros productos del litoral que eran motivo de su largo viaje.

Hoy día se sigue realizando la danza del volador para el visitante, en la explanada que se ubica frente al museo, donde obligadamente el recién llegado inicia su visita; ahí dentro encuentra extraordinarias manifestaciones escultóricas que nos relatan antiguas historias de reyes y misteriosos ceremoniales, y así nos damos cuenta de que el juego de pelota al que se asocian los yugos, las palmas y las hachas, tuvo una gran preponderancia en este lugar.

Hoy en día, gran parte de la ciudad indígena ha sido explorada y reconstruida, con un excelente trabajo por parte de los arqueólogos, que, sin exagerar, nos permite maravillamos con las monumentales dimensiones de todos los edificios y caminar sobre el antiguo enlosado que los habitantes del sitio colocaron en su momento.



Días de visita: de lunes a domingo.
Horario: de 9:00 a 18:00 horas.
Servicios: museo de sitio, cafetería, kioscos comerciales, custodios y sanitarios.